Milagro y sanación
Homilía del 3 de febrero de 2021
La familia, ya sea numerosa como en tiempos de Jesús con sus parientes, o más pequeña como la de hoy, es hermosa.
Es hermosa, pero también necesita ser convertida. Está marcada por una tendencia al retraimiento, que el pecado original imprime en nuestra naturaleza.
Aquí lo vemos: la familia de Jesús es incapaz de acogerlo, de abrirse a la dimensión de su ser y su misión. Nuestras familias deben experimentar una conversión evangélica. Los aspectos más elevados de la vida humana deben dejarse transformar por el Evangelio. La religión, al igual que la familia, debe convertirse al Evangelio. Esto se refleja en este texto.
Existe una especie de parálisis en la acción benevolente de Jesús, quien no puede realizar sus milagros entre su propio pueblo. Profeta despreciado por sus parientes, la familia se repliega sobre sí misma. La falta de apertura frena la bondad y benevolencia de Jesús. Esto resulta paradójico: se nos dice que no podía realizar ningún milagro, e inmediatamente después se nos dice que solo sanó a unos pocos enfermos.
¿Qué hace entonces? ¿Sana mediante milagros? En el Evangelio, un milagro no se limita a la curación. Consiste en que esta curación sea una señal tan poderosa que transforma a quien la recibe y a quienes lo rodean. No solo hay curación, sino también conversión, una aceptación por la fe de lo que está sucediendo.
En los Evangelios vemos con frecuencia personas que piden sanación pero se muestran reacias a los milagros de Jesús. Esta perspectiva de fe es necesaria para que el milagro obre en la persona en su totalidad, sanándola y salvándola.
En la Primera Lectura, que me parece muy relevante hoy, recordamos que los acontecimientos que vivimos, cualquiera que sea su causa —humana, divina o ambas—, suelen ser lecciones. Una lección tiene como fin enseñarnos. Cuando recibimos una, nunca es agradable, como nos dice la Epístola a los Hebreos. Al recibir una lección, no sentimos alegría, sino tristeza. No disfrutamos especialmente recibiendo lecciones.
Pero si aprendemos de la lección, entonces cosecharemos los frutos de la paz y la justicia. Ante una lección, nos sentimos tentados a quejarnos. Entonces, esas quejas crecen en nuestro interior como una planta que da frutos amargos.
En los acontecimientos que vivimos hoy, existe un riesgo real de que prevalezcan las quejas y que las amargas consecuencias de la experiencia impidan que la lección que se nos pretende enseñar dé fruto. Sería insensato ignorar, en medio de estos sucesos —incómodos y angustiosos para muchos—, el profundo llamado a un cambio en nuestras relaciones humanas, tanto con nuestros seres queridos como con quienes nos rodean.
Sin duda, la lección es difícil de asimilar, pero en lugar de generar solo tristeza, podríamos extraer de estos frutos de conversión frutos de paz y justicia. Amén.
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